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La nota roja: un mecanismo de defensa para la prensa hondureña

Man reading a newspaper with the headline "Gunmen kill husband of President's secretary". Photo by Gabriel Vallecillo on Flickr, under a Creative Commons license  (CC BY-NC-ND 2.0)

Hombre leyendo las noticias en un parque en Tegucigalpa, Honduras. 9 de junio de 2007. Foto de Gabriel Vallecillo en Flickr, bajo una licencia de Creative Commons (CC BY-NC-ND 2.0)

Este artículo fue escrito por Ana Arana y Daniela Guazo para Fundación MEPI. Publicaremos el artículo entero en tres partes. Esta es la primera parte de la serie.

San Pedro Sula.– Colón es un territorio agrícola y ganadero en la costa Caribe de Honduras, con una geografía de más de 8 mil kilómetros cuadrados, montañosa y acuífera con espesa vegetación y abundantes ríos y pantanos. Se ha convertido en un lugar estratégico como parada intermedia en el tránsito de sur a norte de la droga, de la mano de traficantes mexicanos y colombianos, según la policía colombiana y hondureña. Las plantaciones de Palma Africana encubren pistas clandestinas, antes usadas para la fumigación, y dónde hoy aterrizan avionetas llenas de cocaína, de acuerdo a informes de las Fuerzas Armadas Hondureñas.

Los líderes locales son los hermanos Javier y Leonel Rivera Maradiaga, en el pasado conocidos ladrones de vacas, y hoy millonarios terratenientes. Su grupo, los Cachiros, supuestamente escoge candidatos y concierta pactos con autoridades municipales y policíacas, según un reporte emitido en mayo de este año de la oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos. Lo grave es que pocos conocían el grupo los Cachiros fuera de esa región del país. Los periodistas no escriben sobre ellos, ni sobre zonas como el departamento de Colón, uno de varios en este país centroamericano donde decenas de caciques narcos han crecido con poco escrutinio de la prensa hondureña.

No fue hasta junio de este año que residentes de Tegucigalpa y San Pedro Sula, las dos ciudades más importantes del país, conocieron el nombre de los hermanos Maradiaga y los Cachiros. Lo mismo sucedió con otro personaje: José Handal Pérez, un reconocido hombre de negocios en San Pedro Sula, dueño de un emporio de tiendas de ropa, autopartes, y restaurantes, quien supuestamente es un importante narcotraficante. Handal Pérez también fue finalmente objeto de amplios reportajes en la prensa nacional en abril de este año, identificado como transportista de drogas y a cargo de blanquear el dinero del narco.

Ambas historias salieron después de que Estados Unidos identificara a los Cachiros y a Handal Pérez en mayo y junio de este año, como importantes narcotraficantes hondureños. “Publicamos la información porque Estados Unidos nos envió los detalles,” explica sin titubear un director de un medio que pide no ser identificado. “Investigar eso en este país es muy complicado. No nos podemos arriesgar. Tampoco hay autoridades locales que nos puedan proporcionar los datos.”

Honduras se ha vuelto un lugar de tránsito ideal para el narcotráfico internacional. El Estado aparentemente inhabilitado por la corrupción, y por una fuerza pública que no es confiable ni efectiva, ha perdido mucho terreno, según el reporte “Delincuencia Organizada Transnacional en Centroamérica y el Caribe,” del 2012 de la Oficina de las Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito, UNODC. En los cuatro años desde que el Presidente Manuel Zelaya fue depuesto, hubo un gobierno temporario y se eligió al Presidente Porfirio Lobo, una crisis institucional engolfo a Honduras, y el narcotráfico aprovecho para echar raíces, según el reporte de la ONU. Honduras tiene hoy la tasa de homicidios más alta del mundo —91 asesinatos por 100 mil habitantes. Las estadísticas se multiplican en territorios al norte del país que es el corredor del tráfico de droga. También tiene un elevado número de periodistas asesinados o atacados para ser un país sin guerra.

Los carteles mexicanos—Zetas, Sinaloa y Golfo– han operado en Honduras desde hace tiempo. Dos grupos criminales colombianos, los Rastrojos, que tienen conexiones con los Cachiros, y los Urabeños, también se pasean por el litoral de este país. Dos pandillas juveniles, o maras—la MS13 y la Mara 18, originadas en los jóvenes pandilleros deportados en los años 90s desde California, controlan las periferias de las ciudades más importantes, donde determinan quién entra y sale de los barrios, por ejemplo en La Ceiba, una de las importantes ciudades del litoral Caribe Hondureño. Las pandillas hoy trabajan, al menudeo, como subcontratados en el último escalón o como soldados de los carteles, y manejan el fuerte mercado de distribución de drogas local, según fuentes policíacas hondureñas y las Naciones Unidas.

Sin embargo, la lectura de los principales medios hondureños deja al lector con la foto de los hechos, pero con poco entendimiento de lo que sucede en el país. Las notas son las típicas notas rojas, de hechos sangrientos, sin explicación, ni contexto. En la próxima entrega en esta serie veremos cómo los medios reportan sobre el crimen en Honduras.

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