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Omar Banuchi encuentra su lugar en la web puertorriqueña (Parte I)

*Primera parte de una serie sobre el arte digital del puertorriqueño Omar Banuchi.

Era febrero 11, faltaban dos días para San Valentín, y por las redes sociales habían empezado a circular una serie de imágenes tan coloridas como peculiares.  Realmente se trata de distintas estampas que siguen reapareciendo en mi newsfeed, compartidas una y otra vez entre mis conexiones en Facebook.  Una de ellas es un close up que le saca el dedo al espectador.  Sobresale el rojo parque de bombas de las uñas, el mismo rojo que colorea el corazón del anillo que se ve en el dibujo.  Los fondos son brillantes y agudos; las líneas, en una postal tras otra, siguen el mismo trazo grueso.

La postales de Omar Banuchi con el tema de San Valentín se difundieron rápidamente por el internet en Puerto Rico.

La postales de Omar Banuchi con el tema de San Valentín se difundieron rápidamente por el internet en Puerto Rico.

Algunas de estas postales llevan mensajes, como si fuera un meme bizarro burlándose de una tarjeta Hallmark.  Está, por ejemplo, la del gato verde neón que se lame entre las piernas, con una burbuja de pensamientos que se sentiría totalmente a gusto en el cómic más cercano, y que proclama, “Este día de San Valentín no va a ser tan malo después de todo…”.  En otra, un animal fantástico y verde, con una trompa de elefante y ojos imposiblemente grandes    -enmarcado por un amarillo para el que la descripción de chillón se quedaría corto- se pasea bajo el lema “amor animal es la que es”.

Mientras tanto, en la página del artista que ha echado estas postales a correr se declara, “Son viejitas, lo sé.  Siempre me quedé con las ganas de hacer nuevas, pero pues. Use them wiselyDownload and share”.

Bienvenidos al mundo de Omar Banuchi.  La sensibilidad, eso de tripearse el amor para el día nacional de las tarjetas y los chocolates baratos con su distancia irónica al mismo tiempo que le rinde tributo al sentimiento, viene siendo su firma.  Sus dibujos suelen dejar la misma impresión levemente fantasmagórica, como si se pudiera acceder a la imagen real de sus sujetos con tan solo descascarar esa capa de pop altamente delineado que nunca deja de ser juguetona.  Pero es en la superficie donde opera su arte, ya sea la superficie brillosa saturada con colores complementarios o en la de la tableta marca Wacom que le sirve de canvas.  Banuchi es un ilustrador digital, y su oficio se nutre de las herramientas que traen los nuevos medios.  Lo cierto es que detrás de la mayoría de sus piezas hay una foto o un fotomontaje a los que les ha dibujado y pintado por encima.

Altamente influenciado por la cultura de fan boy de cómics como Marvel o DC, Banuchi se ha insertado de lleno en la escena indie de Puerto Rico, donde sus trazos pixelados conectan con un público pequeño pero creciente.  Se trata de una escena en la que trabaja cómics como “Días”, una serie autobiográfica que ha creado junto a Rosaura Rodríguez, su compañera creativa más cercana.  Por otro lado se ha convertido en el artista oficial de “Se nos fue la mano”, el último proyecto musical y multimediático de Eduardo Alegría, un veterano de la movida independiente en San Juan.  A eso se suma la parte de su trabajo que tira más hacia la onda del fine art, donde mantiene una presencia a través de la Galería Yemayá, un espacio que reúne a varios creadores puertorriqueños influenciados por el arte urbano.  También están las tiendas alternativas como Executive Manolo en Santurce, donde sus pines y tarjetas se pueden conseguir de forma regular.  Pero sobre todo, su arte se comparte por la web; su páginas de Facebook y Tumblr son las maneras más fáciles para tener una primera prueba.

Omar BanuchiEl trabajo desafía formatos y prejuicios de lo que realmente es dibujar: Banuchi  se siente tan a gusto creando piezas que terminan colgando en la pared de una galería como imprimiendo pines que podrían terminar en la mochila de un hipster sanjuanero. No hay papel ni carboncillo, ni óleo ni canvas. En vez, el dibujo se realiza con un juguete de plástico que se parece al sistema que se utiliza para firmar digitalmente luego de hacer una transacción con tarjeta de crédito.  Hay quienes no ven arte en ese acercamiento, a lo que Banuchi contesta con más ilustraciones virales.  El resto, se podría decir, es amor digital.

EL PAPEL de plástico

[Pulsa este enlace para acceder a un vídeo de Omar Banuchi trabajando.]

“Yo empecé a dibujar así como en el 2008”, me comentó el artista recientemente en el Café Luna, un cafecito riopedrense que queda cerca de Centro Médico, bajo la sombra del condominio Los Robles, donde Banuchi vivió por mucho tiempo.  Es solo recientemente que se ha mudado fuera de ese complejo de apartamentos con pinta de bloque socialista en el Caribe donde aún vive su mamá, aunque no se fue muy lejos.  Ahora vive a la vuelta de la esquina, en un apartamento que queda muy cerca del edificio donde se crió.

“Mi ex novia se compró un tablet para dibujar”, continuó diciendo sobre la manera en que su técnica se encontró con la tecnología.  “Ella se fue de viaje y me dejó con el tablet y yo me puse a dibujar con él”.

Antes de conocer a Banuchi conocí a su autorretrato.  Eso de dibujarse a sí mismo es algo que pasa con frecuencia, y me había dado la impresión de que se trataba de un chico negro con la cabeza afeitada.  A quien me encontré a la hora de conocernos en persona fue a un blanquito sin pretensiones de 29 años, de frente alta y ojos claros que le dan un toque soñador.

“En verdad yo tengo una cosa racial whatever cuando me dibujo”, terminaría por explicarme con su acercamiento relajado y su decir salpicado con frases en inglés.  Banuchi tiende a expresarse y a moverse a un ritmo tan desenfadado como sus líneas, y se nota que eso de las relaciones de pareja es un tema recurrente.  De hecho, la raíz de su trabajo actual, que él describe como una manera de calcar digitalmente sobre una foto, surgió en sus días de estudiante de Bellas Artes en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, cuando su meta era ser fotógrafo.  Aun entonces ya estaba investigando su propia vida sentimental.

“Todo comenzó realmente con mi trabajo final en la clase de fotografía digital”, me dijo.  “Hice un scrapbook digital que era autobiográfico.  Tenía todas las historias de las novias que he tenido.  El punto es que yo dibujaba en Photoshop sobre la foto.  Se veía medio feíto, porque lo hacía con el mouse de la computadora, pero el punto era que se viera medio childish.  Después, cuando me prestaron la maquinita fue como ‘wow, tengo más control y se ve más gufiado’.  Así seguí hasta que eventualmente quité la foto de debajo y sólo quedó el dibujo”.

La onda infantil permaneció en su trabajo, aunque se complica con la mirada –por veces lasciva- de un chico que nunca dejó de coleccionar cómicas de Spiderman.  Junto a lo lúdico se mezcla el deseo y las ganas de capturar la cotidianidad del mundo que le rodea.  Hay algo de la inquietud del twentysomething en sus ilustraciones, cuando todo lo que pasa en esa década de crecimiento intenso se siente grande e importante.   Tras eso viene el guiño irónico, la distancia que impone el ilustrador ante el sujeto, impidiendo que su temática caiga en el lugar común o el cliché.

“Los colores y la forma me llamaron la atención”, me diría luego Rosaura Rodríguez sobre su primer encuentro  con el arte de Banuchi.  “Es bien accesible, cualquiera lo puede entender”.

Verlo trabajar, con el stylus que sirve de carboncillo de plástico sobre el papel digital que es la pantalla, puede ser revelador.  Llama la atención la manera en que queda absorbido por completo por la foto que dibuja. Tuve la oportunidad de verlo en acción recientemente, cuando lo fui a visitar a su nuevo apartamento. El lugar aún tiene aspecto de dorm room, con comics ocupando los libreros y una pequeña estufa de gas que aún no ha sido usada.  En vez, una solitaria hornilla eléctrica hace tiempo doble en la cocina.

“De la fotografía es que sale lo de él”, me explicó más tarde Beto Torrens, el director de la Galería Yemayá con la que exhibe Banuchi.  “Usualmente comienza con una foto normal de una cámara point and shoot, y eso hace que uno se identifique mucho con la pieza.  Es la foto que todo el mundo toma, pero con el edge de diseño gráfico que le da los colores y las líneas gordas”.

*Las imágenes son publicadas con el permiso del artista.

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