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Contra el caos, la imaginación radical

El desarrollo de las comunicaciones digitales extiende aún más lejos el clamor de las voces populares, liberando al mismo tiempo palabras, imágenes, ideas y acciones que hasta ahora estaban restringidas a determinadas esferas. El mundo virtual está hiperconectado, rebosa de ideas originales y bulle de voluntades atrevidas con aspiraciones innovadoras. En la misma agitación, sobre el terreno, las voces populares suenan, se organizan y reivindican valores disidentes. Y es todo un imaginario radical el que se planta frente a sistemas de pensamiento aún estereotipados.

Refiriéndose a las voces contestatarias de Occupy Wall Street que se elevaban sobre los escombros de la crisis financiera de estos últimos años, el antropólogo americano David Graeber escribía en septiembre de 2011 en en la web de The Guardian [en]:

¿Es tan sorprendente que quisieran hablar con los magnates financieros que les han robado el futuro?

Igual que en Europa, estamos viendo los resultados de un colosal fracaso social. Los okupas son un tipo de gente plena de ideas, con una energía que cualquier sociedad sana debería dirigir a mejorar la vida de todo el mundo. En vez de eso, solo la están utilizando para imaginar formas de derribar el sistema por completo.

Pero el mayor fracaso es el de la imaginación. Somos testigos de lo que también podría considerarse una petición para tener por fin la conversación que supuestamente ya deberíamos haber tenido en 2008. Hubo un momento, tras el colapso casi total de la arquitectura financiera mundial, en el que cualquier cosa parecía posible.

Radical imagination

Imaginación radical en Wikia. Licencia CC-BY-SA

La imaginación, una palabra altisonante que hoy parecemos redescubrir, designa la facultad humana de representar cosas o hechos percibidos por los sentidos. Vínculo entre el mundo y la persona, la imagen mental construida por esta facultad viaja de un espíritu a otro por medio de distintas formas de transmisión (relato escrito, oral o visual difundido en forma de libros, discursos o películas, por ejemplo).

El sector económico y social no es el único que sufre de este fracaso de la imaginación. Un rápido vistazo a las producciones occidentales cinematográficas, musicales o literarias de masas hace evidente que se repiten sin cesar las mismas cantinelas de la vieja escuela, vintage o retro (por no llamarlas pasadas de moda): se hacen remix, remakes o se reaprovechan las ideas culturales del siglo XX y precedentes.

No obstante, de esta imaginación oficial, autorizada y largamente difundida por las instituciones gubernamentales y mediáticas se distingue la emergencia en la escena global de otro tipo de imaginación, que es espontánea, más íntima y a menudo no autorizada.

Esta imaginación considerada radical [en] designa la raíz afectiva, visceral e impulsiva que vincula al humano con el mundo. Antes de conocer el orden, la moral y la consciencia, la imaginación extrae sus formas de la relación del cuerpo y el entorno (geográfico y social). Se trata de una percepción en bruto, emocional y fundamentalmente creadora que afecta al espíritu humano.

En su raíz, es decir, en su aspecto radical, la imaginación –por utilizar la expresión de Nietzsche sobre el arte– desafía y vence al caos. No se trata de traer el caos ni de perderse, sino que para el espíritu humano se trata más de hacerle frente. Fundamentalmente, el hecho de imaginar es enfrentarse al desorden para mantenerlo a raya y conferirle la forma deseada.

Desde 2007 o 2008, la escena internacional ha sido testigo de numerosos levantamientos que responden a esta definición. Las poblaciones confrontadas a entornos agresivos elevan sus voces contra un caos sin fin aparente. La crisis de la deuda y los planes de austeridad en Europa han engendrado manifestaciones en Islandia, Inglaterra, España, Portugal, Grecia, etc. Las condiciones de vida están también en el origen de las revueltas populares, entre las que la Primavera Árabe constituyó un punto culminante en 2011; las manifestaciones contra la corrupción (en 2011) y más recientemente contra las violaciones sacuden la India; las autoinmolaciones con fuego en el Tíbet, o incluso las manifestaciones del jazmin y las revueltas en los pueblos se hacen sentir en China. 2011 también ha conocido la instauración del movimiento de los Indignados en España, y después el de Occupy Wall Street en Estados Unidos.

Si entre estos movimientos no hay dos idénticos, y si son raros los que tienen relación con algún otro, la existencia de un Metamovimiento, por retomar el término utilizado por Umair Haque [en], es, no obstante, ciertamente evidente [en]:

El Metamovimiento es un movimiento de movimientos (…) El Metamovimiento no es solo un eco débil y pasajero, sino la reverberación cada vez más resonante de la gente enfrentándose a este brutal estado de disfunción, esta Gran Fragmentación [en] de las instituciones y los contratos sociales. Su verdad, sospecho, debe ser esta: no hay nadie a quien recurrir, y por eso el Metamovimiento recurre a sí mismo.

Estas formas de expresión radicales y populares reflejan el abismo que se ha formado entre las instituciones y los pueblos. El caso de la inmolación de Mohamed Bouazizi en Sidi Bouzid (Túnez) es particularmente significativa. Su gesto, respuesta a una persecución estatal generalizada, desató la reacción de internautas y ciudadanos, que denunciaron la falta de empleo, la corrupción y el deterioro de los derechos humanos en su país, provocando revueltas que causaron la caída del régimen opresor.

Esta forma de expresión radical se sigue percibiendo hoy en el pueblo tibetano que ha visto en este principio del año 2013 hasta 96 autoinmolaciones por el fuego. Un estudio precisa que [en]:

Los tibetanos consideran la reciente ola de autoinmolaciones no solo como actos de sacrificio, sino como actos con significado religioso, en la tradición de ofrecer el propio cuerpo para beneficio de otros. [Existen] numerosos testimonios (…) de que estuvieron motivados por el deseo de preservar la religión y la cultura tibetanas.

La expresión de esta imaginación radical se inscribe en la transgresión. Su principio innovador se desvela en la oscilación entre la acción (austeridad, represión de la identidad, negación de derechos…) y la reacción (levantamientos, revueltas, manifestaciones, sacrificios…). Actuando como descarga de protección, desempeña un papel socioprofiláctico, y permite levantarse contra una totalidad angustiosa y caótica, interrogarse sobre la naturaleza del orden establecido y poner la simiente de una estructura social distinta.

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